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Por: Iván Sierra – ivansierra.com

Una niña scout es humillada por una mujer adulta, aparentemente líder de tropa, bañándola de refresco e instiga a otros niños a hacer lo mismo mientras la pequeña llora desconsolada. En Venezuela, un autobús a bordo del cual van supuestos manifestantes pasa por encima de dos policías sin temblarle, ni por un momento, la mano al conductor. Al parecer, protestaban contra el aumento de la tarifa en el transporte público. En Veracruz, una joven de diecisiete años ultrajada por cuatro agresores confesos denuncia ser objeto de calumnias de gente que cree que, al dar a conocer la violación, lo que en verdad persigue es extorsionar a sus victimarios. Incluso hay quienes opinan que ella lleva su cuota de responsabilidad, ya que iba “muy arreglada”. Para cerrar con broche de oro, un cantante de música norteña graba un videoclip cuya trama, resumida, es esta: el protagonista encuentra a su pareja en los brazos de otro hombre, a quien balea, y mete a la mujer en la cajuela de un automóvil para después prenderle fuego. La última escena no tiene desperdicio: el cantante esboza una sonrisa cínica mientras a su espalda se levanta una cortina de fuego. La violencia está a tal grado normalizada en nuestra sociedad que quizá todos estos eventos nos parezcan asuntos menores, meras anécdotas. No lo son. Son motivo de alarma y, ante todo, de acción. Si no grandes acciones, al menos emprendamos pequeñas campañas cotidianas en contra de la violencia. Nunca humillar a un niño, ni permitir que nadie lo haga, debe ser, sin duda, una de ellas. Otra, rechazar tajantemente que la forma de vestir de una mujer constituya una invitación a ser agredida. Mucho me temo que nuestra impasibilidad ante el horror nos acerque más a quien asesina a sangre fría que a la imagen autocomplaciente que seguramente tenemos de nosotros mismos.

Ante el horror, impasibles