Por Carolina Haaz

¿Puedo soñar con algo más? ¡Es historia, es una nueva era!

Yuri Gagarin

 

Yo me acuerdo de la rareza esbelta de las flappers, en los años veinte. Me acuerdo de la esperanza reconstructora del Nuevo Look. De la mujer que le puso los pantalones al feminismo, Coco Chanel. De la ola francesa en el cine y del fleco de Anna Karina. De Barbarella, esa diosa espacial, en su traje corto de astronauta. Me acuerdo de Kensai Yamamoto porque me acuerdo, también, de una deidad sin género llamada Ziggy Stardust. De las mujeres cyborg y también del vestido cortado en el trasero de Thierry Mugler. Me acuerdo cuando la moda imaginaba el futuro.

 Y es porque cada tela, cada silueta, cada forma, cada idea de la moda sigue reutilizando los códigos que generó en la historia del siglo XX, desde la alta costura hasta el ready-to-wear, pasando por tu marca de preferencia de fast-fashion. Por supuesto, sólo me enfocaré en Occidente, pues hacer un análisis global requeriría un texto enciclopédico. Así, pues, es cierto que las referencias que revolucionaron a las sociedades a través de la moda nos siguen llegando a cada desfile, no sin estar suficientemente difuminadas, pues han perdido la sustancia de su tiempo.

Somos derivativos. Porque no podemos estar al margen del sistema de la moda, aceptemos que de momento hemos quedamos truncados en los estilos más revolucionarios y dominantes de décadas pasadas. En una entrevista para el Washington Post, Valerie Steel, directora y curadora en jefe del museo del Fashion Institute of Technology, calculó que este estancamiento proviene de la florida y libre década de los setenta, cuando todas las subculturas de aquel tiempo comenzaron a expresarse a través de códigos propios de moda. La publicidad abrió sus ojos a esto para absorber, gradualmente, todos estos discursos de identidad para comercializar conceptos. Esencialmente, fue cuando el negocio de la moda aprendió (y nos hizo aprender) que la moda es un vehículo de expresión y de libertad.

Podría decirse que el estilo del siglo XXI es el llamado “estilo personal”. Otra forma para decir lo mismo es decir que no hemos desarrollado un estilo propio. Aceptemos, también, que apenas vivimos una joven adultez histórica, metafóricamente hablando, en la que no hemos llegado a la madurez para sacudir los códigos de las casas centenarias que nos enseñaron el lenguaje de la moda. Más aún, considerando que esos ateliers nacieron relativamente hace poco: Lanvin fue fundada en 1889, Chanel en 1910, Gucci llegó en 1921, Balmain en 1945 y, dos años después, nació la firma homónima de Christian Dior.

En realidad no creo que sea justo decir que los diseñadores, per se, se han quedado sin originalidad. Y menos si nos situamos en las esferas del arte contemporáneo o de la música, el cine y las producciones televisivas, que en general comparten el mismo ánimo retrospectivo. En 2015, cuando Raf Simons renunció a Dior, mucho se habló sobre el excesivo ritmo de trabajo que por su agitada velocidad no permite a los diseñadores creativos descubrir nuevos “hilos negros” para la historia de la moda. La mayoría están cómodos con eso, como el recién fallecido Lagerfeld que asumió, desde que inició su carrera con Chanel en 1983, que su trabajo sería refrescar constantemente las mismas líneas y los mismos materiales que tan posicionados están para la casa.

Siempre tendremos excepciones; del lado de la alta costura tenemos el caso de Iris Van Herpen, la diseñadora cientificista que ha sabido tener una visión propia del futuro, alejada del aún latente retrofuturismo sesentero, pero sus exoesqueletos y conceptualismos impresos en 3-D están todavía muy distantes del rápido consumo y desecho de la moda masiva del presente. Lo mismo podríamos decir de las poéticas prendas interactivas que reaccionan a nuestro cuerpo de la diseñadora quebequés Ying Gao.

 Por otra parte, los diseñadores más periféricos y marginales del negocio internacional de la moda, así como  estudiantes y recién egresados  de las mejores escuelas de moda, en Londres, Amberes y Nueva York, viven su momento más creativo en busca de miradas hacia la segunda mitad del siglo. Y, sin embargo, antes tendrán que comprender la difícil tarea de arrojarse a la mar de competencia real en un mundo cruel, bello y despiadado que se rige por algoritmos, tendencias semanales e inmediatez.

 Susana Saulquin, destacada socióloga de moda, ha dedicado su carrera a escribir y sostener la posibilidad de una próxima muerte de la moda (como la conocemos) para que nazca una nueva. Para el esloveno Slavoj Zizek, es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del sistema capitalista. Siguiendo esta idea, será después del fin del “mundo” cuando empezaremos a considerar positivamente a las cooperativas que crean ropa sustentable y, sólo entonces, nos olvidaremos de los diseñadores-estrellas. El negocio de la disciplina se basará en intercambios económicos más justos y rentables, y los cuerpos se estilizarán bajo nuevos paradigmas. En esa utopía la diversidad sería vista como algo más que una tendencia de consumo. Por ahora, tenemos demasiada ropa en nuestro clóset como para imaginarlo.

Me acuerdo del futuro: ¿cuándo volveremos a reinventar la moda?