Versus el «amiga, date cuenta»

Por Irene Luna

El “amiga, date cuenta” es una frase de uso común en el espacio público asociada con el feminismo. ¿Quién de nosotras no la ha escuchado en la calle, encontrado en algún meme, e incluso, enunciado con fervor a alguna amiga o conocida? Sin embargo, esta expresión no es en realidad nada sorora,[1] pues reproduce formas violentas de relacionarnos con otros sujetos femeninos y con nosotras mismas.  

Ilustración de Aubrey Beardsley para  Salome , de Oscar Wilde.
Ilustración de Aubrey Beardsley para  Salome , de Oscar Wilde.

Ilustración de Aubrey Beardsley para Salome, de Oscar Wilde.

            Reconocer las violencias a las que hemos estado sometidas a lo largo de nuestra vida no es fácil. Implica un proceso difícil, intrincado, y muchas veces doloroso que nos conmina a revisar los modos en que nos pensamos y sentimos en los múltiples aspectos de nuestra vida, además, claro, de las relaciones que hemos establecido con los demás. Frente a esto lo que el “amiga, date cuenta” hace es reproducir una serie de normas patriarcales que violentan a quien es dirigido.

           Por un lado, hay un mandato que apremia a percatarse de las múltiples violencias que son y han sido sistemáticamente dirigidas hacia nosotras. Hasta aquí podría parecer inofensivo e incluso bienintencionado, sin embargo, la calidad imperativa de la frase es enunciada más desde una presunta superioridad que desde un ejercicio de sororidad. La voz que enuncia únicamente exige formas de trabajo con nosotras mismas; como si fuéramos los únicos agentes en las situaciones de violencia que sobrevivimos día con día en un entorno feminicida. Además de asumir que esa labor supone una acción sencilla, que cualquiera de nosotras está en posición de realizar en cualquier momento y lugar, independientemente de las diversas condiciones de existencia que nos atraviesan: racialidad, disidencias de género, situación mental y emocional, condición económica, etc.

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Se nos hace responsables por no alejarnos o no salir de las situaciones de violencia que nos oprimen.

            Se nos conmina a darnos cuenta para hacer algo, para hacernos cargo, y en este acto se nos revictimiza. Se reproduce la idea de que la responsabilidad de trabajar con nosotras mismas es un trabajo que compete exclusivamente a cada una de nosotras –así, por separado–. ¿Qué pasa si no nos damos cuenta, si no hacemos nada al respecto? Se nos hace responsables por no alejarnos o no salir de las situaciones de violencia que nos oprimen.

          Este acto de recriminación es en realidad una manera perversa de culpabilizarnos, puesto que al focalizar la acción o inacción de las mujeres violentadas se sustrae del horizonte la responsabilidad que sí tienen los agresores. No hay entonces una condena a la violencia sistémica que los hombres ejercen sobre nosotras, sino su ocultamiento, además de producir más violencia con nuestra revictimización.

Ilustración de Aubrey Beardsley para  Salome , de Oscar Wilde.
Ilustración de Aubrey Beardsley para  Salome , de Oscar Wilde.

Ilustración de Aubrey Beardsley para Salome, de Oscar Wilde.

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Supone una política vertical donde quien habla parte de una posición de superioridad: quien habla ya se dio cuenta o alecciona sobre la manera en que deberíamos comportarnos en estos casos.

           Por otro lado, el “amiga, date cuenta” habla de todo, menos de amistad. No parte de un lazo afectivo donde se brinda cuidado acompañamiento, sino todo lo contrario. Supone una política vertical donde quien habla parte de una posición de superioridad: quien habla ya se dio cuenta o alecciona sobre la manera en que deberíamos comportarnos en estos casos. Más que construir una red de apoyo que brinde un espacio seguro, lo que se pretende es atomizar. Quien habla es un “yo” aparte de un “tú” que nos dice: “tú, que estás por allá, sola y separada de otres, hazte cargo de lo que te toca. Y lo que te toca es toda la responsabilidad y toda la culpa.”

            El “amiga, date cuenta” es precisamente un el. Un dictum[2] patriarcal que produce de manera perversa nuestra revictimización y culpabilización si no actuamos de la manera esperada. Todo ello al mismo tiempo en que la responsabilidad de los agresores permanece oculta bajo una lógica de complicidad.

            Pero no estamos solas y lo que nos violenta no es nuestra culpa. Cada vez somos más las que nos cuidamos entre nosotras. Tejemos redes de apoyo y construimos espacios seguros desde los cuales sanar juntas y articular estrategias frente a lo que nos violenta. Frente a una sociedad patriarcal que nos quiere solas, revictimizadas y enfrentadas unas a otras, elegimos la labor común que parte de una multiplicidad de acciones de sororidad que nos dicen: “amiga, aquí estoy, ¿qué necesitas?”.

[1]   Dicho o afirmación asociada a la autoridad de quien lo enuncia.

[2]   Relativa a la sororidad, la cual supone relaciones de solidaridad entre mujeres en ámbitos de opresión patriarcal, para denunciar las violencias machistas y para su empoderamiento.